El amor es sabiduría en los locos y locura en los sabios.

A May le faltaba un ojo el día en que la conocí. Aún así era una muchacha bonita, quizá demasiado delgada, pero bonita. Al igual que yo, ella estaba loca.

Fue una tarde cualquiera, en un banco cualquiera. Se acercó colocándose bien las gafas y el parche. No me prestó la más mínima atención. Llevaba el pelo recogido y un vestido blanco hecho por ella misma. Cruzó sus delgadas piernas mientras la miraba de arriba abajo aprovechando que estaba en su lado malo y el parche me permitía estudiarla sin que se percatase. Sacó un gran libro con ilustraciones a color de muñecas y lo ojeamos a la vez.

- Ésta de aquí es muy bonita- señalé con el dedo una muñequita francesa vestida de rosa.

Entonces ella giró por completo la cabeza y sonrió diciendo que le gustaba mi pelo. Me di cuenta de que era mayor y menor que yo a la vez y eso me gustó. Siguió pasando hojas permitiéndome verlas todas. En la yema de su pulgar tenía una heridita fresca y cada vez que cambiaba de página dejaba una línea roja en el límite. Al acabar el libro retrocedió a la muñeca de rosa y saco unas tijeras de punta redonda. La cortó con esmero y la tendió hacia mí. La cogí agradecida y antes de que guardase las tijeras se las quité con un “¿me permites?”. Corté un mechón de mi pelo, hice un nudo en el extremo y se lo entregué.

A May le encantó mi regalo, pero tenía que irse. Agitó el rizo castaño entusiasmada y lo guardó en un bolsillo. Al irse vi volar la falda de su vestido y recordé el frescor de los anuncios de detergente, donde las mamás tienden sábanas demasiado blancas al sol mientras los niños juegan entre ellas.